a veranear y a incordiar un poco y que los días de Barcelona eran espléndidos y el Mediterráneo refulgía aunque aún no conociera ni Barcelona ni el Mediterráneo solo ya el fulgor y Pamplona y San Sebastian y La Cañiza y Ginzo de Limia, ahora Xinzo de Limia. Yo también había pensado primero que venía al mundo solo a veranear pero nunca a morir y por eso Pamplona sigue blanca en mi memoria de verano, porque era blanca y porque eran blancas las clases con luz natural resbalando por los ventanales y blancos y claros los ladrillos vistos de las paredes y también y no eléctrica toda la iluminación natural y lenta de los pasillos donde pasaba expulsada una gran parte de las horas blancas viendo palpitar y flotar y bajar las partículas de polvo de la luz en los rayos oblicuos transparentes y contemplaba y esperaba junio y julio y el verano, y el cielo navegaba blanco antes y después de haber sido y luego otra vez ser el cielo navegante negro, las tinas blancas con las bragas cuello cisne de las monjas en lejía y blanca la más blanca, la azotea con todas nuestras sábanas blancas de internas colgadas a secar. 5o pares de sábanas blancas recién lavadas y recién tendidas al sol y a la brisa y a lo mejor es que ya iba a ser primavera como luego iba a ser verano y verano y verano y más tarde iba a ser también blanca la marea de San Fermín que era negro y la luz azul de Julio en el horizonte incandescente y los días amarillos entre las hojas de los árboles verdes y los capullos también amarillos colgando de lo que luego serían mariposas y entre las fajas rojas y entre los pañuelos atados rojos al cuello, todo luminoso y tambien blancas las monjas misioneras morenas que venían de Africa, donde no conocíamos a nadie que hubiera llegado antes, tan lejos, algunas colegas quisieron entonces hacerse misioneras por aquellos hábitos blancos y por imaginarse alegremente ir a Durban, Sudáfrica.
Toda aquella luz natural clara corrió siempre centelleando por Pamplona por popa y por babor y por estribor, corrió a varios nudos sobre nuestras clases verdosas quietas y los hábitos negros de nuestras monjas navarras y los míos y los cielos negros con venas azules y grises eléctricas, todos los cielos venados negros de noviembre y de diciembre y de enero, a veces más venados que otras los cielos negros luego de febrero y a veces de marzo y de abril
, venir a veranear y nada más, no a morir con el corazón tan negro y tan agujereado por donde pasaban silbando como balas todas aquellas luces también negras aunque sobre todo siempre blancas en mi memoria del verano luminoso al que había imaginado que venía

(se a qualcuno interessasse potrei tradurlo però sarebbe un lavoro)